viernes, 16 de marzo de 2007

EL PERIODO INDEPENDENTISTA (I)

“La Patria es la América.” Simón Bolívar (1)

Ante el fracaso de la revolución liberal, democrática y antifeudal, que pretendía sacar del atraso y el oscurantismo a la España absolutista, los patriotas americanos plantean definitivamente la lucha por la independencia. La simultaneidad del proceso revolucionario señala a las claras la unidad geográfico-cultural del polo insurreccional. Las diferencias emergentes sólo se delatan en los plazos en que se plantea la separación definitiva de España. Unos en temprana hora, otros más tarde, todos en definitiva entenderán la lucha por la independencia como un proceso de revolución nacional y social. El doble carácter del proceso se definirá entonces por su contenido democrático popular por un lado y por su contenido nacional, anticolonialista por otro.

La naturaleza americana, la cultura nativa, las formas de producción y distribución de las riquezas, las instituciones coloniales y las luchas precedentes de resistencia de indios, negros y mestizos sellarán su impronta al proceso revolucionario. Las ideas de la ilustración de Rousseau, Campomanes, Montesquieu, Floridablanca, Diderot, Jovellanos y Voltaire, serán divulgadas y enriquecidas por revolucionarios de la talla de Nariño, Espejo, Gual, España, Rodríguez, Lavardén, Miranda, Murillo, entre tantos otros. Todos vástagos de la ilustración, pero todos también americanos con pensamiento propio.

El concepto de libertad en la Francia revolucionaria estará asociado -por imposición de la nueva clase emergente, la burguesía- a la libertad de comercio, de opinión, de prensa y demás derechos civiles; en Nuestra América, se le sumarán con los conceptos de soberanía, emancipación, patria. Sus adversarios, entonces, corresponderán a la situación establecida por el orden vigente: dependencia, dominación y colonia. La lucha por la libertad en América, pasa a transitar los caminos de la lucha por la emancipación del poder colonial. Asimismo la idea de igualdad ante la ley, de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en este lugar del planeta, adquiere un color peculiar. Si los franceses revolucionarios planteaban la igualdad en tanto esta medida no alcanzara a los esclavos de sus colonias, la revolución independentista latinoamericana, por la voz de sus mayores exponentes, era antiesclavista. Como antifeudales se presentaban ambas, pero en Nuestra América, la idea de libertad e igualdad se fusionarán explosivamente con componentes autóctonos que impactarán en la conciencia de miles de trabajadores sometidos a la dominación extranjera y a la esclavitud. Las masas populares interpretarán al movimiento patriótico como una fuerza emancipadora tanto en lo nacional como en lo social.

Las banderas de la “Libertad, igualdad y fraternidad” de la revolución europea serán enarboladas en Latinoamérica, pero llevarán su propio perfil: “Unidad, Independencia y Justicia Social”.

Las ideas, como en todos los procesos transformadores, anteceden las acciones, las precipitan cuando las condiciones están maduras y las orientan ante las vacilaciones propias de los tiempos turbulentos. Pero esas ideas precedentes alcanzarán su dimensión real en el transcurso mismo de la lucha por materializarlas. Y ese proceso recepcionará nuevas ideas y agudizará el pensamiento revolucionario. Así aparecerán las figuras gloriosas de Simón Bolívar, José de San Martín, Mariano Moreno, Francisco Morazán, Miguel Hidalgo, Bernardo O’Higgins, José Gervasio Artigas, José María Morelos, Antonio Sucre, entre muchos otros.

Es entonces, en los avatares del combate, cuando surgirá la idea más acabada, el Proyecto Estratégico, el plan directriz: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tienen un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse...”, señala Simón Bolívar en la Carta de Jamaica.

Lograr la unidad de Nuestra América, la independencia y la felicidad de los pueblos fue el objetivo estratégico de las luchas emancipatorias latinoamericanas caribeñas del siglo XIX y, ante la derrota, siguen siendo los objetivos estratégicos del siglo XXI.

La revolución independentista americana, nacional, popular y democrática debió enfrentarse, no sólo contra el poder realista español, sino también contra las fuerzas del antiguo régimen y la acción disociadora de las potencias hegemónicas, que contaban necesariamente con aliados nativos (Inglaterra y las burguesías importadoras/exportadoras portuarias). Ante el proyecto libertador triunfante frente al colonialismo español, un nuevo proyecto aparece en plena expansión; opresor, disolvente y poderosos. La Gran Bretaña manufacturera, asociada a los intereses de una minoría comercial, terrateniente y minera, impide que las ideas revolucionarias de los patriotas hispanoamericanos se consoliden.

De la gloria de Ayacucho, Nuestra América pasa a la etapa sombría de la Patria dividida. El sueño de Simón Bolívar se desvanece, el último intento de retomar la senda nacional latinoamericana, popular y democrática, el Congreso Anfictiónico de Panamá, es boicoteado por las oligarquías portuarias y las viejas y nuevas potencias que cierran filas ante la posibilidad del nacimiento de una nueva y pujante nación.


“Los enemigos victoriosos por todos lados nos oprimen y nuestra desunión son los causales” San Martín

En 1825, la tendencia porteña de Buenos Aires, probritánica, liderada por Bernardino Rivadavia crea las condiciones apropiadas para desprenderse del Alto Perú, pese a los esfuerzos realizados por el propio Bolívar para evitarlo. En 1828, los intereses mercantiles de Montevideo y Buenos Aires, dirigidos por el embajador inglés Lord Ponsomby, logran la “independencia” de la Banda Oriental bajo el nombre de la República Oriental del Uruguay; el sueño artiguista de la “Liga de los Pueblos Libres” se evapora. En 1830 -el mismo año de la muerte del Libertador- la Gran Colombia se deshace apareciendo las repúblicas independientes de Colombia, Ecuador y Venezuela. Diez años después culmina el intento unificador del Mariscal Santa Cruz que sostenía la Confederación Peruano-Boliviana. Al poco tiempo cae la Confederación de Centroamérica acaudillada por Francisco Morazán. El Paraguay, donde se habían aplicado los principios rectores de la revolución hispanoamericana y emergía como un país desarrollado y próspero, es aplastado por la acción combinada de la oligarquía porteña argentina, los colorados uruguayos, el imperio esclavista del Brasil y la mano titiritera de Inglaterra. Y como corolario de todo esto México, Cuba y Puerto Rico sufrirán los flagelos de la garra imperialista yanqui.

“Así -nos dice el historiador argentino Norberto Galasso- quedó despedazada la Patria Grande y los pequeños países comenzaron a vivir sus vidas pequeñas. Terratenientes, mineros y comerciantes de los puertos impusieron su predominio y los estados desunidos de América Latina iniciaron cada uno su propio camino de frustraciones e impotencia.”

Las economías latinoamericanas se tornarán en monoproductoras y complementarias de las economías metropolitanas que las succionarán a través de los empréstitos, las concesiones y los bancos. Unas deberán producir cereales y carnes, otras bananas, café, cacao y azúcar, y también estarán aquellas que entregarán su cobre, su estaño y su hierro. Luego será el petróleo.

Mientras las costas y puertos de las raquíticas repúblicas crecían desproporcionadamente el interior latinoamericano se sumergía en el atraso, la miseria y el hambre. Los focos de cultura y desarrollo se apagarán, zonas ricas y prósperas por sus economías regionales se convertirán en zonas pauperizadas, grandes centros poblacionales se extinguirán por las migraciones internas, el artesanado desaparecerá derrotado por la importación de mercaderías extranjeras. El cuerpo de Nuestra América seguirá los pasos del héroe quechua Túpac Amaru. La dependencia pasará a ser nuestro peor mal y el neocolonialismo nuestro principal enemigo.

Decía Manuel Ugarte: “Supongamos que la América de origen español es un hombre. Cada república es un miembro, una articulación, una parte de él. La Argentina es una mano. La América Central es un pie. Yo no digo que porque se corte un pie deje de funcionar la mano. Pero afirmo que después de la amputación, el hombre se hallará menos ágil y que la mano misma, a pesar de no haber sido tocada, se sentirá disminuida con la ausencia de un miembro necesario para el equilibrio y la integridad del cuerpo. Una nación conquistadora nos puede ahogar sin contacto. Si le cortan al hombre el otro pie, si le apagan los ojos, si anulan sus recursos más eficaces, si lo reducen a un pobre tronco que se arrastra, ¿para qué servirá la mano indemne sino para tenderla al transeúnte pidiendo la limosna de la libertad?”


(1) Del artículo Bases del Pensamiento Latinoamericano Caribeño de Fernando R. Bossi.