viernes, 13 de abril de 2007

SAN MARTÍN Y LAS DOS CORRIENTES DE NUESTRA HISTORIA (1)

El conflicto de nuestra historia que se ha ocultado deliberadamente es el conflicto entre dos corrientes con sus figuraciones y desfiguraciones y sus contradicciones internas cuyos grandes rumbos ha definido el revisionismo histórico.

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Efectivamente, desde un principio, en Mayo emancipador se definen las dos corrientes de nuestra historia.

Una tendencia trata en seguida de reducir el ámbito geográfico y humano de la revolución; su problema es casi un problema municipal, y el puerto de los exportadores e importadores, fija un destino a esta tendencia y ésta un destino a la nación. La Patria vista como un puerto con su prolongación pampeana, una cabeza de puente de Europa, destinada al intercambio de productos. Con ese punto de vista el país debe ser lo menos americano posible, lo más maleable a la europeización cultural según el modelo político francés de entonces, y según el plan económico inglés. Economía, sociedad y cultura deben acomodarse a ello, y se hace necesario disgregarse del todo americano, y subsidiariamente del todo geográfico que ha constituido el virreynato del Río de la Plata. La crisis de la Logia Lautaro, entre sanmartinianos y portuarios, es un anticipo de toda la historia argentina. Las tendencias que han combatido en los primeros gobiernos patrios ya están definidas. Con San Martín y los caudillos por un lado, y los directoriales y rivadavianos por el otro. El enfrentamiento se configura ab-initio.

La tentativa de que San Martín abandone la campaña de la independencia para decidir militarmente a favor de los que luego constituirán el partido unitario implica una doble maniobra: utilizarlo para terminar con el interior que se resiste a la política de la factoría portuaria, e inhabilitarlo para la obra de conjunto de la independencia americana. La negativa de San Martín lo salva a él y a su ejército para la gran empresa común y la libertad americana se integra. Pero Rivadavia en el poder impide a San Martín el cumplimiento de la estrategia de pinzas planeada. Cuando intenta, ya cortados los abastecimientos del ejército español con la conquista del litoral peruano, bajar hacia el sur, y reclama el aporte del Río de la Plata cuyas fuerzas deben avanzar desde la frontera jujeño-salteña, para completar la pinza, Rivadavia le niega el apoyo. (...)

Ya la revisión de la historia nos permite comprender la entrevista de Guayaquil, y descorrer el velo que oculta el misterio, que también ha servido para disociarnos entre sudamericanos del norte y sudamericanos del sur. El renunciamiento sanmartiniano se convierte así en la necesidad en que se encuentra el más débil, por la hostilidad de su gobierno a la empresa, de entregar el mando al más fuerte, Bolívar, que es el que está en condiciones de completar la obra americana, y no meramente porteña de los creadores de una factoría en lugar de una nación.

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Como se ve San Martín tenía la clara percepción de un problema que saltaba a los ojos de los contemporáneos y que la historia oficial ha oscurecido. Los unitarios rivadavianos, tienen una política que será la de la oligarquía liberal después de Caseros y que consiste en separarnos de la empresa continental, de la empresa común americana, para establecer con urgencia la civilización europea, urgencia a la que es un obstáculo la realidad americana que quiere conformar el futuro por sí misma: quiere ser nación, con su espacio, su pueblo, su cultura y con una economía al servicio de sí misma. A esta concepción nacional, la concepción de factoría opondrá las fórmulas expresamente contrarias: en materia de espacio, el mal que aqueja a la Argentina es la extensión, en materia de población, exterminar la población nativa y sustituirla por inmigrantes -a lo que llaman “gobernar es poblar”-; en materia cultural, desprestigiar y destruir las bases culturales y religiosas constituyendo una “intelligentzia” de importación; en materia económica y social, destruir las artesanías propias, las industrias locales e impedir la formación de un capitalismo nacional y un pueblo de “pata al suelo”, consumidor de productos industriales importados, cada vez más caros -según la relación de los términos de intercambio- es decir la división internacional del trabajo propiciada por los apóstoles del librecambio, según el decir de Mitre, también consciente de la línea histórica suya, la opuesta a la sanmartiniana, y por lo cual proclamó el primer hombre civil de los argentinos a Rivadavia...

El renunciamiento obligado de San Martín costó al Río de la Plata la pérdida del Alto Perú. Pérdida querida por los rivadavianos que la buscaron en aquella negativa desde que no sólo redujeron el ámbito americano de la empresa, sino también el virreinal. Es toda una política, y se comprenderá cómo contemporáneamente han tolerado y estimulado la ocupación de la Banda Oriental por los portugueses, y dejan que continúe en ella el Imperio del Brasil después de su independencia. Si los trabajos de Rosas apoyando a Lavalleja en la invasión de los treinta y tres orientales, obligan a la guerra para salvar a la Banda Oriental, esto ocurre bajo la opinión exaltada por la victoria de Junín, que acaba con el dominio español en el Alto Perú, que ya se ha perdido para el Río de la Plata. Pero en guerra con el Brasil, los rivadavianos se niegan a aceptar la ayuda de Bolívar que propone avanzar a través del Paraguay hacia el centro del imperio brasileño. Son los mismos que después se aliaron con Brasil, Francia e Inglaterra para la política de estos contra la Patria Grande. Y por otra parte la diplomacia de García ya opera para perder en las negociaciones lo que se gana en el campo de batalla. ¿Pero es que acaso no es precisamente lo que busca la política inglesa, lo que quiere Ponsomby, y precisa Gordon: que ni el Brasil ni la Argentina posean la Banda Oriental, creando ese “algodón entre dos cristales”, que es el eufemismo que Inglaterra inventa para privar al Río de la Plata de su puerto fundamental, para impedirnos ser potencia marítima, y como principio de la exigida “libre navegación de los ríos”, al mismo tiempo que desarticula la cuenca del Plata?

Mitre vuelve a marcarnos la continuidad de esta política en la oración que proclamó a Rivadavia “el primer hombre civil de los argentinos”, destacando como una gloria esta increíble monstruosidad de haber rehusado la alianza con Bolívar en plena guerra, y en circunstancias cada día más adversas. En la misma oración también adjudica a Rivadavia la gloria de no haber concurrido al Congreso de Panamá, desintegrándose del resto de Latinoamérica, es decir, de haber practicado la desintegración del espacio virreinal y luego la continental.

Mitre será quien complete esa política de desintegración, y la guerra del Paraguay cerrará definitivamente las posibilidades de integración con Paraguay y la Banda Oriental. Si Caseros ha construido las bases de la nación factoría, que complementa la libre navegación de los ríos, Pavón ha terminado la posibilidad de una política de la Nación para fines propios. Después de la separación el Buenos Aires de Mitre sólo se reintegra si la república es una mera prolongación del puerto de Buenos Aires, organizada como prolongación de Europa y no como realización americana; así lo quiso el sector portuario, los “agiotistas y especuladores del puerto de Buenos Aires”, como les llamaba Rosas, y así habrá de organizarse la política nacional, la de la Patria Grande, para convertirse en esta de la Patria chica, cabeza de puente europea en el espacio americano.

Fácil resulta percibir las dos líneas históricas que hemos venido señalando. La Patria chica es hostil a la geografía y al hombre autóctono. Primero a lo americano y después a lo virreinal. Reduce el país y sustituye los hombres. Cuidará después de construirle al sustituto una mentalidad adecuada a la finalidad perseguida y el producto de esa cultura es la “intelligentzia”. Para formar esa “intelligentzia”, y convertirla a su vez en un instrumento formador se ha hecho la falsificación de la historia. Esa “intelligentzia” podrá dar política de partido, y difundirá ideologías sociales, planteos económicos, soluciones jurídicas, pero siempre desde afuera hacia adentro y condicionadas al esquema de factoría que corresponde a la mentalidad de Patria chica. Nunca una gran política, es decir, una política nacional.

Una política nacional supone una idea de Patria Grande, de finalidades trascendentes y de empresa colectiva hacia un ideal nacional, no hacia formas circunstanciales.

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(1) En Política Nacional y Revisionismo Histórico de Arturo Jauretche.

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