martes, 6 de mayo de 2008

De cómo avanzar hacia las reformas que se reclaman (Mario Toer *, Página 12, 6 de mayo de 2008)

La nota con la que Atilio Boron (la semana pasada, en Página/12) establece sus diferencias con Eduardo Grüner, negándole al gobierno el status de “reformista”, resulta muy oportuna para resaltar un error bastante generalizado en algunos sectores de la intelectualidad que, a pesar de su versatilidad e información, siguen analizando la vida política sin poner en el centro a quienes son los verdaderos protagonistas. Resulta frecuente así, desde el propio deseo e incluso una loable impaciencia por alcanzar un mundo más justo, recriminar y suponer inconsecuencia en los liderazgos y gobiernos que no alcanzan a llevar a cabo transformaciones sustanciales en pos de la larga lista de objetivos insatisfechos de los que Boron, justo es decirlo, presenta un pormenorizado registro. Es así que, entonces, para Boron y otros, no sólo el gobierno de los K resulta reprobado (y a diferencia de Grüner, indefendible) sino que otro tanto ocurre con los gobiernos de Lula y Tabaré, como lo sostiene en otros escritos, por de pronto. (Digamos sólo de paso que no es lo mismo producir cambios en la estructura económica de un país que nunca contó con una burguesía que fuera algo más que un parásito y otra, llevarlo a cabo en otro donde alcanzó o cuenta con alguna relevancia.)

El error más evidente se establece entonces al enjuiciar la falta de voluntad para llevar a cabo tales reformas, al menos, perdiendo totalmente de vista que la disposición subjetiva de liderazgos y gobernantes se encuentran subordinadas a la relación de fuerzas que existe entre los protagonistas sustantivos, las clases y sus agrupamientos, el campo popular y el de sus enemigos. Un liderazgo debe tener la audacia suficiente para impulsar las demandas populares, pero si pretende innovar por propia inspiración, lo más probable es que entre en el terreno de la aventura.

Sin duda que Carlos Marx desplegó una radiografía decisiva del modo de producir capitalista. El problema ha sido que en nuestro tiempo sobrevive una suerte de “marxismo para radiólogos”, que en cualquier rincón del planeta hacen desfilar a un escuálido esqueleto, sin entrañas, ojos, ni cabellera y dictaminan sobre la índole “burguesa” o “proletaria” de unos y otros, ante una generalizada indiferencia que los condena a no alcanzar el uno por ciento de los votos para sus inalteradas propuestas.

Boron presume que no forma parte de esa legión, pero a veces resulta costoso diferenciarlo (Grüner también quiere tomar distancias, y en parte lo logra, quizá por la “generosidad” que Boron le atribuye). Por suerte el pensamiento no se ha coagulado en esa versión libresca y poco imaginativa que podía ser considerada con indulgencia un siglo atrás. Y hubo entonces quienes pudieron discernir alianzas que no se quedaban en la dicotomía clásica y por tanto pudieron gravitar en la historia (aunque se los acusara de postular “sumas algebraicas” al querer unir a obreros y campesinos). Después fue Gramsci quien con elocuencia nos propuso discernir la lucha política a partir de los bloques que se constituyen y se contraponen, pugnando por construir una hegemonía que le dé consistencia al término que queremos ver avanzar y primar, más allá de pasajeras indignaciones, para que sea posible constituir un orden nuevo. Y si de hegemonías se trata, pareciera que lo tiene mucho más claro la derecha que algunos profesores que se proclaman neutrales. Las clases tienen carne y hueso, tradiciones y adhesiones, y no se definen tan sólo por el lugar que ocupan en el proceso productivo.

Ningún liderazgo, ningún gobierno pueden hacerle la revolución a un pueblo ni tampoco sorprenderlo con una considerable lista de reformas por las que las mayorías no han bregado con ardor. De más está decir que los tiempos de la mundialización no son los de la inmediata posguerra, con los que Boron pretende hacer un contrapunto un tanto espurio. Si este gobierno, como Boron reconoce en un alarde de generosidad, ha llevado adelante el programa de las organizaciones de derechos humanos hasta límites insospechados, se debe a que ha podido ser un fiel intérprete del profundo clamor, instalado por una perseverante y larga lucha de estos organismos, que han convertido ese programa en patrimonio cultural de nuestro pueblo (atribuirle responsabilidades al Gobierno en la desaparición de López creo que excede el marco de un debate con altura).

El otro reconocimiento de Boron, el haber frenado al ALCA y aportado a un viraje en política exterior (yo diría que, a pesar de que no es poco, no ha sido sólo eso), no hubiera sido posible si ese clamor (al que Boron contribuyó a gestar) no se hubiera extendido por todos los países del Atlántico y madurado en encuentros solidarios entre todos los mandatarios de la región. Creo que hay que agregar el claro desafío a las prédicas divisionistas que implacablemente difunde la derecha con la intención de aislar a Chávez y Morales (curiosamente confluyentes con las diferenciaciones de exigentes censores presuntamente de izquierda), el fortalecimiento de los lazos con el Brasil y el señalamiento sin rodeos de que el afán agresivo proveniente de la sociedad que regentea el Plan Colombia se proyecta cuando el intercambio humanitario tomaba vuelo y podía abrir curso a una negociación por la paz en el país hermano, como lo señaló con claridad la presidenta CFK en Santo Domingo. Podría explayarme en otros terrenos (deuda, Corte Suprema, desocupación, salarios, los precios en los servicios públicos, las propias retenciones y otros), pero se pueden encontrar en otros lados.

Mi intención es destacar que este equipo gobernante, que se coló en nuestra escena casi de incógnito, abrigado por rescoldos de tiempos que pasaron, y por cuyo advenimiento pocos habían bregado, ha abierto una perspectiva de esperanza, ha mostrado sensibilidad y tiene aún un buen camino por recorrer. “Lo que hay”, como bien dice Feinmann, es bastante más de lo que veníamos mereciendo. Sus límites y sus propios errores, a diferencia de lo que piensa Boron, no devienen tanto de sus flaquezas intrínsecas sino de las debilidades del campo popular. Por eso no sólo hay que protegerlo, como bien considera Grüner, sino que hay que fortalecerlo aunando más voluntades. Sin seguidismos, con imaginación, con pensamiento crítico, pero con generosidad y sin petulancia.

Para ello nada mejor que poner un poco al día nuestro instrumental conceptual y darnos cuenta de que este gobierno quiere construir un proyecto nacional–popular y que depende sobre todo de la confluencia que podamos contribuir a convocar. La neutralidad o la censura implacable no van a gestar una alternativa “inteligente” a su sombra. Lo que sigue a su derrota es el regreso de la reacción. Dejemos las dualidades simplistas entre “burgueses y proletarios” y “reforma o revolución” para las sectas que componen el club electoral del cero coma (0,) y veamos cómo se componen mayorías que permitan poner a la orden del día la larga lista de tareas pendientes que hay que construir entre todos. Si buena parte del campo popular aún se encuentra expectante y poco consolidado, no sólo tiene que ver con ese inmenso despliegue de “medios” que lo bombardean sin tregua y que se esfuerzan por mantener enhiesta la hegemonía del bloque dominante, sino también con la vasta pléyade de eternos candidatos a “directores técnicos”, acomodados en las plateas, que se la pasan diciendo lo que habría que hacer y nunca ganaron un partido con un club de barrio.

* Profesor titular de Sociología y Política Latinoamericana (UBA), secretario adjunto de Feduba.

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